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Clausura de la planta de Expal en Bielorrusia

Tecnología española contra las minas 'mariposa' de la Unión Soviética

Clausura de la planta de Expal en Bielorrusia. Fotos: Ginés Soriano Forte / Infodefensa.com

Clausura de la planta de Expal en Bielorrusia. Fotos: Ginés Soriano Forte / Infodefensa.com

10/04/2017 | Rechitsa (Bielorrusia)

G. S. Forte (enviado especial)

La embajadora Andrea Wiktorin, jefa de la representación de la Unión Europea en Bielorrusa pulsó el miércoles en la base militar de Rechitsa, al sureste de ese país, el mismo botón que desde 2014 ha estado apretando diariamente el personal formado por la empresa con sede en Madrid Expal. En esta ocasión (en la imagen), sin embargo, lo que sonó al otro lado de la pared no fue una detonación. Sólo se oyeron los clics de las numerosas cámaras de la prensa bielorrusa que recogieron, junto al enviado especial de Infodefensa, el gesto simulado con el que concluyó oficialmente la aniquilación del arsenal completo de minas antipersona que aún le quedaba a esta antigua república soviética.

“En su momento, los propios bielorrusos destruyeron los artefactos que tenían cargados con TNT”, explicó a este medio al día siguiente en Minsk uno de los profesionales de la compañía española desplazados a Bielorrusia. “Pero éstas eran más complejas”, añade. “Éstas” son las 3,4 millones de minas del tipo PFM-1, de las que el país se comprometió hace unos años a deshacerse en cumplimiento del conocido como Tratado de Ottawa, en vigor desde 1999 para la supresión de esta clase de armas.

Las PFM-1 son las conocidas como “minas mariposa”, por su particular forma y su llamativo color, verde o marrón. Tras la invasión soviética de Afganistán numerosos niños acabaron con miembros destrozados por este artilugio cargado con explosivo líquido que, esparcido por el campo, confundían frecuentemente con un juguete. La Unión Europea acudió en 2010 en ayuda de Bielorrusia y convocó un concurso internacional para encontrar a la mejor empresa capaz del delicado trabajo de destruirlas. La elegida fue Expal. La filial de Maxam optó por construir en España una instalación móvil única en el mundo que luego instaló en suelo bielorruso, lo más próxima posible al mayor arsenal de los artefactos.

El director del proyecto, Javier González (en la última foto), que fue el encargado de acompañar el miércoles a las autoridades que asistieron a la clausura de la planta, recreó con estricto celo profesional el momento de la detonación simulada de la última carcasa de 78 minas que se encontraba en las instalaciones. Aunque ésta solo era una maqueta. La última descarga del último lote de PFM-1 tuvo lugar en realidad el 18 de marzo.

Tras la solemne ceremonia del pasado día 5, cuando ya se habían marchado todos los invitados, González acompañó al enviado especial de Infodefensa por las instalaciones que unos minutos antes recorrieron, entre otros y además de la citada representante de la UE, el viceministro de Defensa y responsable de Armamento de Bielorrusia, el general de división Voinov Oleg Leonidovich, el responsable de Control de Armas del Ministerio de Exteriores de Bielorrusia, Aliaksandr Chasnouski, y el coordinador del proyecto, el coronel Andrei Petrovich Kuralov. Por parte de Expal, la delegación estuvo encabezada por su presidente, el almirante (retirado) Francisco Torrente, al que acompañó el director general, Pedro Sallent.

“Construimos un carrito especial para transportar el material de la forma más segura”, explicó González cuando los ilustres invitados ya se habían marchado. De esta forma las minas “recorrían de forma segura” la veintena de metros entre el pequeño edificio donde eran evaluados, y al que estuvieron llegando en camiones durante meses, y la primera sala del complejo de desminado. Los artefactos iban contenidos en las carcasas que, a razón generalmente de 72 unidades cada una, eran disparadas o lanzadas por el ejército soviético para esparcirlas por el campo de batalla.

Los ingenieros de Expal tuvieron que idear casi desde cero un sistema de tratamiento de este material para su destrucción. “No sabíamos exactamente con qué nos íbamos a encontrar, no había prácticamente ninguna documentación” sobre estas armas, recuerda González. Una vez que accedieron al material optaron por taladrar unos agujeros en los cartuchos y pasar unos cordones para preparar la posterior detonación de la carga completa. Cuando los contenedores de las minas estaban listos, pasaban a una “cámara de detonación fría única en el mundo”. El movimiento, de apenas otra veintena de metros, se estuvo realizando en este punto sobre unos raíles para salvaguardar aún más la carga. Una vez en la cámara de detonación fría, denominada así porque no emplea el calor para hacer explosionar los artefactos, se le conectaban los cables que alimentaban la detonación.

Todo ello con medidas de seguridad extremas. El sistema por ejemplo, no podía funcionar a menos que la entrada a la cámara estuviese totalmente sellada. Antes de cada detonación, las luces y los sonidos de alarma alertaban a los trabajadores de su inminencia.

Tras cada explosión, los gases generados salían a través de una tubería hacia a un depósito de expansión en el interior de un edificio anexo, el más alto de toda la planta. Allí, posteriormente, eran tratados hasta lograr rebajar sus niveles de contaminación a unos índices asumibles por la regulación de la Unión Europea. El proceso era monitorizado en todos sus parámetros para que nada quedase fuera de control. El director del proyecto señala en este punto de su explicación el aparato encargado de las mediciones: un módulo del tamaño de un pequeño frigorífico singularmente caro, a tenor de la cifra que indica González al periodista.

En cuanto a la chatarra que quedaba depositada en la cámara, básicamente restos de aluminio y acero, era periódicamente retirada desplazando el suelo, que actuaba a modo de bandeja, sobre unas ruedas. Tras moverse unos metros, los desechos estaban listos para ser recogidos y transportados para su posterior tratamiento.

Tras cada detonación, la puerta de la cámara no podía volver a abrirse hasta pasado un tiempo prudencial antes de introducir una nueva carga.

Todo este proceso se ha repetido miles de veces “sin ni un solo accidente”, destacó el miércoles el presidente de Expal, el almirante (retirado) Francisco Torrente. La seguridad ha ocupado el papel principal de los trabajos desarrollados en esta singular instalación móvil que ahora va a ser desmontada y transportada a España –cabe en 17 camiones– antes de que se les asigne un nuevo destino. Entre tanto, algunos de los que han trabajado aquí durante todo este tiempo ya tienen claro el suyo: “Dentro de poco, a Texas”, explica un profesional español en la entrada de la planta bielorrusa. En el Estado norteamericano Expal inaugurará oficialmente en junio un nuevo complejo de desmilitarización, en este caso para destruir distintas municiones obsoletas de entre 35mm y 155 mm del Ejército y la Fuerza Aérea de Estados Unidos. Se trata de un éxito igualmente notable de la compañía española, que ha conseguido llevar su experiencia en tareas de desmilitarización a un país que hasta ahora sólo confiaba este desempeño a su industria nacional.

En cuanto al emplazamiento de la planta móvil de desminado de los últimos casi tres años, en el interior de la Base de Ingenieros 4970 de Rechitsa, en él no quedará en unos meses ni tan siquiera el hormigón que ha cubierto el suelo de la planta ni el asfalto que unía los distintos edificios. En este complejo rodeado de bosques con carteles de peligro nuclear que advierten de que aún no han sido descontaminados tras el accidente de Chernobil –la famosa central se encuentra a cien kilómetros– ya no habrá tras el verano, y por exigencia expresa de las autoridades bielorrusas, ningún vestigio de que la tecnología española acabó aquí con el temible peligro de las minas mariposa. “Creo que ha sido realmente una impresionante victoria de Expal”, apuntó la diplomática alemana Andrea Wiktorin para referirse a este trabajo ante las decenas de asistentes a su clausura oficial.

 

 

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