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AMÉRICA | Defensa
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Falta de fondos y certeza de bajas

Brasil desiste de la misión de Paz en República Centroafricana

Después de meses de negociaciones, Brasil desistió de enviar a sus soldados a la República Centroafricana.

Después de meses de negociaciones, Brasil desistió de enviar a sus soldados a la República Centroafricana.

12/04/2018 | São Paulo, SP

Roberto Caiafa

El envío de tropas brasileñas a la misión de paz de la ONU en la República Centroafricana fue cancelado por el Gobierno brasileño. Los motivos esgrimidos oficialmente han sido la intervención federal en Río de Janeiro y la crisis humanitaria en Roraima (frontera Brasil-Venezuela). Dos acciones que han consumido los fondos existentes y conllevan graves problemas de material para que las tropas acudan con garantías a un conflicto de importantes proporciones. En este sentido, es de recordar que Brasil necesitaría blindados ligeros, protección extra para la tropa y logística mecanizada, entre otros implementos tecnológicos básico.

La misión de la ONU en el país, llamada Misión Multidimensional para la Estabilización de la República Centroafricana (Minusca), comenzó en 2014, pero no libró al país de una guerra civil

Según la evaluación de militares y adidos diplomáticos, de participar en esa misión, Brasil podría estar metíendose en un serio problema. La República Centroafricana tiene fama de Vietnam africano, con un enemigo mal identificado, espirales bruscos de violencia y hasta ataques con cuchillos a soldados. En 2017, catorce cascos azules (como son llamados los soldados de la ONU) fueron asesinados en ataques de grupos armados contra poblaciones civiles en áreas controladas por las fuerzas de la Minusca.

El pozo sin fondo de Río

 

A partir del 16 de febrero, todo el efectivo del Comando Militar Este (30.000 hombres al costo de cerca de 1.200 millones de reales) fueron destinados a la intervención federal en Río de Janeiro. En la práctica, eso inviabilizó la participación de Brasil en la que sería su misión internacional más relevante desde Haití (entre 2004 y 2017). Eso pese a que en noviembre pasado, el exministro de Defensa Raúl Jungmann llegó a dar como hecho consumado el desplazamiento de soldados a la República Centroafricana y habló de enviar "1.000 hombres" al país.

El sentimiento entre militares brasileños de que sería mal negocio desembarcar en la República Centroafricana sólo aumentó tras el envío de la misión de reconocimiento a principios de año. En la evaluación de los diez oficiales que estuvieron en la RCA entre el 21 de enero y el 3 de febrero, había posibilidades considerables de bajas, en un país de terreno accidentado y con logística precaria, agravadas por las fuertes lluvias de esta época del año (monzones). Los relatos solidificaron el rechazo del Alto Comando del Ejército a la misión, cuyo mayor defensor era Jungmann.

Además de la intervención en Río, parte de las tropas elegibles para la misión africana fue empleada en la asistencia a los refugiados venezolanos en Roraima. En febrero, el Ejército Brasileño duplicó su contingente en la frontera. Además, dos semanas después de la intervención militar en Río, el 9 de marzo, una medida abrió crédito por valor de 190 millones de reales en favor del Ministerio de Defensa para asistencia de emergencia a venezolanos en Brasil. Estaba pavimentado el camino para justificar el abandono de la misión de paz.

La desistencia repercutió negativamente en la ONU. Durante las discusiones para la renovación del mandato de la Minusca, en noviembre, el Consejo de Seguridad aprobó el aumento del número de tropas, ya contando con la entrada de cerca de 900 militares brasileños.

Para compensar la ausencia de Brasil, la ONU tenía que encontrar una solución que pasa por la entrada de nuevos contingentes, como el de Ruanda y Portugal, que inició sus operaciones en los últimos meses.

Esta solución de componer las Fuerzas de Paz con pequeños y medianos contingentes de diversos países había sido evitada hasta ahora por la ONU, que buscaba a toda costa un socio de gran porte para dar densidad al cuerpo de cascos azules.

Estaba claro, desde el principio, que la Minusca necesitaba más a Brasil que lo contrario, lo que habría colocado a los oficiales brasileños en posición de fuerza en la mesa de negociaciones. La discusión de una misión de Brasil en África comenzó en 2014, cuando el gobierno Dilma Rousseff descartó un sondeo de la ONU para enviar tropas a Sudán del Sur, pero dejó la puerta abierta para negociaciones cuando Brasil saliera de Haití, operación que se extendió por catorce años. El asunto se reanudó en vísperas de la conclusión de la misión en el país caribeño, cuando la ONU presentó a Jungmann tres operaciones en las que las tropas brasileñas podrían incorporarse: Chipre, Líbano y la República Centroafricana, que parecía la más apropiada.

Brasil venía desarrollando una presencia en las misiones de paz en los vecinos Sudán y en la República Democrática del Congo, tenía buena reputación entre las autoridades africanas y pretendía aumentar su influencia en el Atlántico Sur y, en particular, en el Golfo de Guinea, desde dondelas tropas brasileñas podían desembarcar en la República Centroafricana vía Camerún.

El Ejército Brasileño tenía interés en mantenerse presente en el escenario internacional.

La industria de las misiones de paz tiene entre sus principales clientes los ejércitos de países en desarrollo involucrados en conflictos latentes: Ruanda, India, Bangladesh, Etiopía y Pakistán, que forman casi el 40% del contingente de 110.000 cascos azules .

La ONU no sólo reembolsa generosamente una parte de los gastos militares de los países afectados, sino que sus misiones también ofrecen buenas condiciones de entrenamiento.

Profundamente marcado por la experiencia en Haití, el Ejército anhelaba pasar rápidamente de la Minustah a otra misión de la ONU - incluso para preservar de los recortes presupuestarios organizaciones militares como el Centro Conjunto de Operaciones de Paz de Brasil (Ccopab), en Río de Janeiro.

Con la renuncia de la participación en la República Centroafricana, Brasil debe enviar un general a otra misión de paz de las Naciones Unidas, en el Congo, para asumir una posición de prestigio -la de comandante de la fuerza- y tratar de preservar la imagen brasileña en el círculo militar internacional.

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