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La Ventana

Análisis Infodefensa

El futuro de la defensa europea y el papel de terceros actores

03/12/2019 | Madrid

Las organizaciones en general tienen como finalidad proporcionar bienes o servicios para garantizar una necesidad. En el caso concreto de las Fuerzas Armadas, se trata de satisfacer la necesidad de seguridad que tienen todas las comunidades sociales. En el caso de las empresas se trata de promover su bienestar y desarrollo. En definitiva de promover el progreso (que no el progresismo) de las sociedades a las que sirven.

Esto es siempre a cambio de algo. Lógico. Las empresas quieren básicamente generar un beneficio económico y las Fuerzas Armadas eficacia operativa. Las empresas de defensa y los Ejércitos se complementan para proporcionar seguridad, que es la base de la pirámide de las necesidades humanas como las mostró Maslow.

La tecnología es un medio. Como lo es el desarrollo industrial. La Unión Soviética promovió el desarrollo industrial durante el periodo entre guerras mundiales, pero no lo hizo con la finalidad de proporcionar un servicio a la comunidad, si no de garantizar el poder al régimen político al que servía, como herramienta para expandir las ideas comunistas.

El actual marco político europeo plantea como prioridad el desarrollo industrial en el ámbito de la defensa. El objetivo no es el desarrollo de la industria per se. Se trata de proporcionar capacidades operativas para que las Fuerzas Armadas estén en mejores condiciones para ofrecer su servicio a los ciudadanos europeos, en el marco de unas sociedades y estructuras políticas que favorecen el progreso contribuyendo a promover una industria más competitiva y desarrollada.

De nada sirve desarrollar capacidades industriales que no contribuyan a mejorar el servicio que proporcionan los ejércitos, como tampoco debe obviarse que la mera compra de sistemas de proveedores externos produce a la larga una colonización inducida.

No se trata de cuestiones abstractas (seguridad y progreso, capacidad militar y desarrollo industrial) ni, por supuesto, incompatibles con el principio de autonomía estratégica, porque con dependencia del exterior o limitada libertad de acción no hay ni seguridad, ni progreso, ni libertad sin apellidos.

Se están produciendo muchos debates sobre el futuro de la defensa común. Simplificando los podemos llevar a dos campos. El primero relacionado con el papel que deben jugar los diferentes actores implicados y su preponderancia en el desarrollo de las políticas establecidas. Básicamente responde a tres preguntas: ¿Debe priorizarse la política industrial? ¿Deben considerarse en exclusiva cuestiones de política de defensa común? ¿Deben predominar las cuestiones meramente operativas? No hay una respuesta única pero una combinación de respuestas nos lleva a la necesidad de mejorar la coordinación entre los aspectos políticos, operativos e industriales.

El segundo campo está relacionado con el papel que deben jugar terceros actores en el desarrollo de la defensa europea. Estados Unidos lleva tiempo planteando que no deben buscarse duplicidades industriales cuando todos estamos integrados en el marco más general de la Alianza Atlántica. Se alega que las capacidades de la OTAN y de la UE deben ser complementarias. Algo que es evidente. Pero en el fondo lo que se plantea es que los europeos no debemos desarrollar sistemas que ya se producen en el otro lado del Atlántico. Lo que lleva nuevamente al eterno dilema sobre el “juste retour”, para eliminar barreras a la adquisición de productos europeos.

En septiembre de 2018, Estados Unidos lanzó el denominado ERIP (European Recapitalization Incentive Program). Su objetivo es, básicamente, contribuir a sustituir equipos de procedencia soviética que están en servicio en países del este europeo. Para la mayoría de estos países la garantía de seguridad se encuentra en la alianza con Estados Unidos en el marco de la OTAN.

¿Qué atractivo tienen las iniciativas europeas para esos países? No es solo cuestión de dinero se trata de visión estratégica relacionada con el compromiso de seguridad. Un compromiso que en el ámbito OTAN tampoco está garantizado, pero donde cabe margen de mejora en el marco europeo. Esta idea es la que en el fondo ha planteado el presidente Macron cuando ha anunciado la muerte por obsolescencia de la Alianza Atlántica.

Pero no son solo nuestros aliados norteamericanos los que presionan. Rusia, China u otros países más pequeños pero con potencial, están también jugando sus propias cartas en la partida por la defensa de esta vieja y cansada Europa.

En ese futuro, si no somos capaces de conjugar visión estratégica, necesidades militares y desarrollo industrial y tecnológico los esfuerzos que estamos realizando no redundarán en beneficio de la seguridad que nuestras sociedades necesitan para desarrollarse y ser libres.

 

 

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