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OPINIÓN
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Gustavo E. Andrés Saralegui

Buenos Aires - Argentina, 1956. Ingeniero por la Universidad Nacional de Buenos Aires, UBA. Magister en Defensa, FADENA, Univ. de la Defensa. Graduado del CHDS W.J.Perry Center, U.S. DoD. Sector privado: Urbaser del Grupo ACS y Gaseba del grupo Gaz de France. Actividad pública: Ex­asesor AH del subsecretario de Planeamiento Estratégico y Asuntos Militares, MinDef Argentina.


España en la geopolítica del siglo XXI

27/01/2020 | Buenos Aires

Frente a la realidad que conmueve al mundo en relación al asesinato del iraní Qasem Soleimani, mayor general de la Guardia Islámica Revolucionaria, Islamic Revolutionary Guard Corps (IRGC) como también comandante de la Fuerza Quds, división especializada en guerra no convencional e inteligencia estratégica y por ende al aumento de tensión en esa zona de Oriente Cercano debido a la respuesta iraní, bueno es pues volver a ordenar las ideas, como al menos parte de la biblioteca opina sobre la lógica de la teoría del conflicto. 

Alguna vez se expresó[1] el conflicto es el estado natural y no el patológico de las relaciones humanas y para interpretar el conflicto, tenemos que entenderlo como la trama resultante de los intereses en juego que tienen los actores o decisores de esa trama. En consecuencia, el conflicto aparece como una madeja formada por intereses de naturaleza coincidente o discrepante. Compilando, son esos intereses los que vinculan a los actores en conexiones interdependientes, formando la trama o nudo del conflicto.

Se podría afirmar que habiendo en esas relaciones un predominio de concordancia de fines por sobre las divergencias la afinidad es cooperativa y por consenso. Eso es lo que ha llevado a España dentro de la Unión Europea a alcanzar objetivos comunitarios y propios. Podemos hablar de una relación simétrica, la cual se volvería asimétrica si el consenso fuera desapareciendo y sería el momento para que la política liderara el conflicto con dosis adecuadas de consenso y poder.

Pero a diferencia de las afinidades donde predomina el consenso y por ende la cooperación, en las relaciones de poder, de por sí asimétricas predominan las discrepancias y la competencia se hace presente. Para que se establezca un nexo de poder entre dos o más actores es imprescindible que haya interacción en otras palabras comunicación. ¿Pero que es Poder?. El poder es un paralelismo basado en la dependencia de los fines de un decisor en los medios de otro decisor.

Por último, para ir redondeando el nudo del conflicto, es necesario definir las relaciones de fuerzas, que no solo corresponden a las fuerzas físicas propias del ámbito militar, sino también a las provenientes del ámbito económico como la riqueza o del ámbito político como el apoyo ciudadano expresado en las urnas o en las calles, también conocidos como medios de canje.

Pasando en limpio, la trama de todo conflicto esta teñida de relaciones interdependientes entre actores que pueden manejarse mediante el consenso, por el poder ó incluso por la fuerza de los medios de canje.

Un protagonismo al alza

 

A lo largo de estos treinta y dos años en la Unión Europea, y desde sus inicios con la OTAN en 1982, España como actor de ese escenario y consecuentemente del escenario mundial ha ido pasando de la periferia a insertarse poco a poco más cerca del centro de la trama del conflicto tanto de ámbitos políticos, como económicos y militares. Todo en el marco de una ligazón de identidad con los otros decisores que conforman estas alianzas, en otros términos, simétrica y cooperativa, ya sea por coincidencia de fines o por una ponderación positiva de coincidencias por sobre las discrepancias. A su vez estas coaliciones de actores (UE, OTAN) se han relacionado con otros actores del escenario mundial en relaciones de competencia donde no predominan los acuerdos o por lo menos donde el saldo del balance entre coincidencias y disidencias es favorable a estas últimas, obligando a la coalición cuando no hay posibilidad de conceder a escalar o imponer, para lo cual hace falta el poder, o más aún demostrar la fuerza propia.

Si bien Estados Unidos de América es un actor hegemónico en el escenario mundial y muy especialmente sobre Occidente, al menos hasta el momento, la unanimidad de la Unión Europea generó soluciones de compromiso para alcanzar logros muy importante como es la paz en el continente durante más seis décadas, la creación de una unión económica y monetaria, una Europa sin fronteras al menos en 26 estados, política ambiental, energética, política agrícola común (PAC) y hacia afuera relaciones políticas y económicas con Rusia, China, otros vecinos de Europa oriental, Oriente Próximo  y África. Estos resultados han sido fruto de las articulaciones de consenso entre los decisores de la coalición con respecto a otros decisores.

Sin embargo en política exterior, Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE) y en materia de Defensa, Política Común de Seguridad y Defensa (PCSD), los medios de canje de EEUU u otros países como Reino Unido, Francia o Alemania, en alguna ocasión  comienzan a condicionar los fines propios de cada miembro y entonces no aparecen como muy nítidos los objetivos de las coaliciones (verbigracia no es la misma postura, la de Francia y España en el Sahel que la de Noruega, y el mayor interlocutor comercial con China es Alemania aunque no quiera tomar esa postura) y los alineamientos a un actor principal (por ejemplo del Reino Unido a EE.UU, no es compartido muchas veces por la UE).

A raíz de estas situaciones sería interesante tener muy claro las relaciones binarias que experimenta España con todos los actores sobre los cuales tienen poder y por otro parte con los actores que tienen poder sobre ella. Eso nos permitiría conocer la verdadera libertad de acción de nuestro protagonista (España) y su vulnerabilidad, es decir la dependencia al poder de otro.

Cuando hablamos del despliegue militar en El Líbano e Irak, (mandato de NU); Letonia, Turquía y Afganistán (OTAN) y Sahel, Mali, o el cuerno de África y Libia (misiones militares de UE), nos referimos a participaciones en conflictos múltiples donde el peso del poder es determinante y por extensión su derivada la relación de fuerzas.

Los conflictos múltiples no parecen ser conflictos donde predominen las coincidencias de los actores y es la política la que buscará encontrar el nuevo escenario posible y la coalición que llevará a cabo la acción (los conflictos múltiples tienden a ordenarse en dos coaliciones). Pero esa coalición debe basarse en intereses coincidentes, sin embargo, muchas veces buscamos aliados sacrificando fines para tener los medios necesarios. Y es acá donde la relación de fuerzas con el oponente ya sea de tipo político (opinión ciudadana), económico (riqueza) o militar (armas), marca la pauta para elegir el esfuerzo.

Siendo la política la que toma la decisión sobre las jugadas que le permitan a España alcanzar sus fines, parece oportuno replantear que deben estar muy transparentes las intenciones, con lo cual debe saberse a ciencia cierta quienes son los aliados, el costo- beneficio de esa jugada, las opciones posibles y el nivel de conflicto al cual se está dispuesto a llegar, al escalar o desescalar el mismo, como también el esfuerzo que se intentará realizar para alcanzar los objetivos y los recursos que es necesario involucrar. Solo así puede conocerse francamente el papel o rol de un actor participante.

¿Es el momento y el lugar?

 

Dicho esto, por ejemplo, cabría preguntarse frente a los acontecimientos recientes en Irak, si este país es el lugar y el momento adecuado para que las tropas españolas estén presentes o deberían replegarse. ¿Porque sí Alemania decide irse de la zona?, le corresponde a España permanecer o también debería retroceder, y volver cuando la calma reine para seguir entrenados militares de un gobierno que le ha pedido a su principal apoyo (EE.UU) y el miembro más importante de la alianza atlántica que se retire.

Si bien la política norteamericana llevó nuevamente a la guerra, con el asesinato del general iraní, la concepción estratégica de esta misma política es la que tomó la decisión de desescalar el nivel de conflicto luego de la respuesta de Irán, o sea desescalar de la opción del uso de la fuerza a la coacción permanente, en otras palabras, volver a la amenaza “si sigues por este camino el costo será alto”, de la misma manera que ejerce Irán. Ahora bien,  ¿dónde queda parada España?

La coyuntura de esa región de Oriente próximo no puede estar delante de los fines de España, que podríamos imaginar cómo: consolidar un futuro de paz para esa región, al respecto no es precisamente el petróleo iraní tan importante para España, como el de Nigeria, México, Arabia Saudí o Libia o de tan solo colaborar como miembro de la OTAN en la misión actual de entrenamiento de tropas iraquíes, (en cierto modo ambigua), ya que el mando unificado de la alianza ha tomado la decisión de retirarse luego que un socio Alemania, ha optado unilateralmente no exponer a sus tropas (asesores militares) al fuego enemigo.

De lo visto se desprende que no es prudente iniciar ninguna movida sin comprender cabalmente antes el conflicto en que nos empeñamos.

Este artículo tan solo intenta en función de los roles que la política parece asignarle a España, comprender hasta donde el involucramiento de fuerzas militares en conflictos múltiples contribuye a lograr un mejor posicionamiento geopolítico. Descontamos que colateralmente permite a las fuerzas militares mantener un alto grado de preparación y obtener el equipamiento adecuado para cumplirla, pero no sería bueno que termine siendo una “retirada decorosa”.

Por tanto, no se trata de que las Fuerzas Armadas españolas con más de 2.500 militares y guardias civiles desplegados en cuatro continentes, no participen mediante coaliciones en esas misiones,  donde los intereses coincidentes de los actores involucrados permitan cooperar,  sino más bien que la política exterior española tenga tan claro el rol de España en las zonas de conflicto, de modo que si debe haber empeñamiento de las fuerzas militares, esto sea para alcanzar el fin y los objetivos propuestos para esas misiones.

Posiblemente desde la óptica de las cuestiones de Defensa y Seguridad nacional, alcanzar esos objetivos permita contribuir de manera adecuada a perfeccionar la doctrina militar de las fuerzas armadas.

 

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