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Opinión

La retirada norteamericana de Afganistán

Foto: Departamento de Defensa de EEUU

Foto: Departamento de Defensa de EEUU

16/05/2021 | Madrid

Carlos Martí Sempere

Según la noticia publicada por el Washington Post el día 13 de abril, los Estados Unidos retirarán todas sus fuerzas de Afganistán antes del 11 de septiembre, es decir, antes de que se cumplen veinte años de los ataques sobre las torres gemelas de Nueva York y sobre el Pentágono que organizó el terrorista jihadista Osama Bin Laden desde el refugio prestado por los talibanes, entonces en el poder, en Afganistán. Esta retirada norteamericana se realizará posiblemente de forma conjunta con la de las tropas de otras naciones de la OTAN presentes actualmente en dicha nación.

Aunque se aluden diversas razones para sustentar esta decisión, como una guerra prolongada o la menor relevancia estratégica de esta zona del mundo frente a otros riesgos más importantes como Rusia o China, no deja de recordar la salida de las tropas norteamericanas de Vietnam en 1975 que condujo posteriormente a la caída del gobierno de Vietnam del Sur y a la unificación del país en un único estado procomunista y antioccidental.

La pregunta que surge inmediatamente al lector es si se trata realmente de una retirada y de la asunción final de una derrota al no haberse logrado los objetivos de la invasión de 2001, orientados inicialmente a contraatacar a Al Qaeda y evitar otro 11 de septiembre, y que fueron ampliados, en el transcurso de la guerra, a la implantación de un régimen liberal democrático al estilo de Occidente. Esta percepción se hace más aguda si consideramos el considerable coste en vidas humanas, superior a 2.000 soldados norteamericanos y unos 100.000 afganos, así como económico que se cifra alrededor de un billón de dólares.

En efecto, la retirada de los norteamericanos se produce en un marco en el que los talibanes no han sido ni mucho menos derrotados y siguen manteniendo una fuerte presencia, al tiempo que la estructura gubernamental no parece estar lo suficiente consolidada como para mantener un régimen democrático estable basado en elecciones libres, el respecto a la ley y la impartición de justicia, así como la capacidad para colocar a la nación sobre una senda de desarrollo social y económico. En este sentido, el colapso del actual gobierno de Kabul podría suponer un retroceso significativo sobre algunos avances importantes en salud, educación o derechos humanos, y podría conducir, en última instancia, al retorno de la guerra civil.

La propia actitud de los talibanes no resulta especialmente alentadora al no mostrar una actitud conciliadora ni buscar posibles consensos respecto a formas de compartir el poder con otros grupos políticos, o firmar un alto el fuego y un acuerdo de paz con el gobierno actual. Por el contrario, su control del territorio y sus ataques a las tropas afganas han aumentado últimamente, y se niegan a debatir sobre el futuro de Afganistán hasta que las tropas extranjeras abandonen su territorio, amenazando con nuevos enfrentamientos si éstas no se retiran pronto.

Y, aunque se han comprometido con los EEUU a romper lazos con Al Qaeda o el Estado Islámico, organizaciones cuya total desaparición no se puede garantizar, no hay ninguna certeza que no acaben estrechando lazos con ellas, de forma más o menos oculta, si tenemos en cuenta la afinidad de sus idearios religiosos o políticos, fomentando de esta forma de nuevo el terrorismo internacional y poniendo en riesgo la guerra contra el terror que iniciara George Bush.

¿Qué lecciones se deberían extraer de esta prolongada guerra que tras veinte años parece retornar a su punto de partido? Ciertamente se pueden extraer muchas, pero aquí vamos a exponer únicamente las que parecen, en nuestra opinión, las más relevantes.

En primer lugar, hay que señalar que la facilidad con la que se ocupa una nación con unas fuerzas armadas dotadas de medios avanzados frente a unas tropas locales con escasos medios, no significa ni mucho menos haber alcanzado una victoria que permita el retorno a la paz y la concordia. Esto ha sido particularmente cierto en una nación como Afganistán plagada de conflictos internos entre las diferentes etnias que componen esta nación y que se caracterizan por tradiciones y culturas diferentes y donde no existe una verdadera identidad nacional que predomine sobre las tribales divisiones internas que existen en su población. Unas tradiciones, además, que se encuentran muy lejos de la visión, la cultura y los valores que caracterizan las sociedades occidentales, las cuales han tenido un proceso de maduración política y social considerablemente más largo.

En segundo lugar, el concepto de [re]construir la nación (nation-building) desde una visión y perspectiva occidental ha demostrado unos resultados relativamente magros, a pesar de las importantes inversiones en infraestructuras civiles como escuelas, puentes o canales. Así, por ejemplo, la presión de los talibanes para que no se votara en las últimas elecciones hizo que solo acudiera a las urnas el 40% de la población, lo que demuestra una democracia no especialmente fuerte. El principal problema es que la seguridad, un bien público básico del Estado suministrado por las fuerzas armadas y policiales, no puede proporcionarla la Administración afgana sin el concurso de naciones extranjeras, lo que conduce a un modelo de Estado extremadamente frágil, opción que, en el largo plazo, resulta además económicamente inviable dado su elevado coste.

En tercer lugar, la solución de un conflicto armado no depende exclusivamente de unos medios materiales avanzados y sofisticados; en particular, estos medios militares pierden su carácter crítico, en los conflictos frente a naciones en desarrollo con unos medios militares bastante reducidos. En este contexto, su utilidad es más limitada, aunque pueden ser importantes en la ejecución de determinadas operaciones como fue el caso de la captura de Osama Bin Laden en Pakistán en 2011. En este marco, toma especial relevancia, ganar los corazones y las mentes de la población, algo esencial para poder avanzar en el desarrollo nacional. Solo así se puede lograr la colaboración activa de la población de forma que se logre la deseada reconstrucción nacional.

Se trata de un problema fundamental de legitimidad en el que la coalición extranjera no sea vista como invasora, que el gobierno se percibido como una institución confiable, mientras que los talibanes y otros grupos armados se vean como organizaciones ilegales e ilegítimas que pretender imponer su voluntad mediante la violencia y el terror. Sin embargo, este no ha sido el caso, los miembros de la coalición se siguen viendo como extranjeros con intereses que están lejos de las necesidades de los afganos y que éstos perciben con desconfianza. Además, la incompetencia de la administración, la elevada corrupción gubernamental o la extendida cleptocracia sobre la ayuda exterior han desacreditado el propio sistema de gobernanza establecido.

En este contexto, la percepción de que existe un estado de derecho sobre el que el ciudadano se sienta identificado resulta especialmente difícil. Un ejemplo puede ser la prohibición del cultivo del opio, un recurso económico esencial dada la extraordinaria pobreza del país, que es visto como una [injusta] imposición gubernamental, lo que acaba generando estructuras organizativas al margen del Estado, lo que supone otra forma de minarlo. En este caldo de cultivo, una organización como los talibanes puede verse como más próxima religiosa y culturalmente y puede preferirse que la seguridad sea proporcionada por ellos, mientras que para los más reticentes la presión talibán para no colaborar con el extranjero puede ser lo suficientemente alta para detener cualquier avance significativo en la reconstrucción del propio Estado, favoreciendo la prevalencia de los señores de la guerra que gobiernan determinadas partes del territorio, los cuales se organizan al margen del poder estatal.

En resumen, los medios técnicos y organizativos que tiene Occidente para hacer frente a los conflictos armados han demostrado repetidamente su valor para detener poner punto final a las acciones de alguna de las partes involucradas en el mismo. Sin embargo, reestablecer una sociedad donde el nivel de violencia sea realmente bajo y dotado de las instituciones que permitan la convivencia y la resolución pacífica de las disensiones que surgen internamente resulta especialmente difícil. Se trata ciertamente de un proceso de transformación especialmente complejo que lleva un tiempo considerable y que es difícil de gestionar. Ciertamente, se trata de una actividad que excede el campo de actuación de las Fuerzas Armadas.

Como conclusión podemos decir que la retirada de los EEUU de Afganistán constata, de una u otra forma, el fracaso de su política exterior en Oriente Medio cuyo fin era implantar un régimen más próximo o acorde con la visión de Occidente que pusiera fin a un Estado dominado por una organización sunita fundamentalista, algo especialmente contrario a sus preferencias. Sin embargo, las características de esta nación parecen que están haciendo bastante inviable esta opción. Aunque siempre es difícil pronosticar qué pasará en el futuro, se puede concluir que las perspectivas no parecen especialmente halagüeñas para Occidente, al igual que no lo fueron para la Unión Soviética los resultados de su invasión en 1979. Una reversión de la situación actual podría facilitar nuevos santuarios para grupos terroristas islámicos.

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