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IV Simposio Internacional de Seguridad y Defensa Perú 2018

Cohn señala a una milicia culta y al servicio público como base de la democracia

Doctora Lindsay Cohn, durante su participación en el Simposio Internacional de Seguridad y Defensa. Foto: Marina de Guerra del Perú

Doctora Lindsay Cohn, durante su participación en el Simposio Internacional de Seguridad y Defensa. Foto: Marina de Guerra del Perú

24/08/2018 | Lima

Peter Watson

Perú acoge estos días el IV Simposio Internacional de Seguridad y Defensa. En este contexto, la doctora Lindsay Cohn, catedrática del Colegio de Guerra Naval de Estados Unidos, disertó sobre las relaciones civiles militares con énfasis en el rol de los oficiales militares en el desarrollo de políticas de seguridad y defensa.

Cohn inició su exposición abordando el delicado tema de las teorías del control civil sobre las Fuerzas Armadas, cómo un gobierno civil mantiene el control de entidades como los institutos militares con acceso a una significativa fuerza coercitiva para evitar que se convierta en una fuerza predatoria, ¿por qué es que los militares tienden a intervenir en política?, ¿cuáles son los resultados de tales intervenciones?

La mayoría de los presentes, comentó Cohn, entienden que no es lo “ideal” que los militares intervengan en política, pero algunas veces es necesario, en ocasiones los políticas enredan las cosas demasiado, a veces son tan corruptos los dirigentes que se tiene que hacer algo.

En tal línea de pensamiento, la profesora Cohn quiso conversar sobre las consideraciones prácticas y éticas cada vez que los militares se sientan inclinados a ‘hacer algo’.

El problema de los golpes de Estado

 

Las teorías de control civil de las Fuerzas Armadas difieren bastante de una democracia madura a una en desarrollo hasta un Estado no democrático, en éstos últimos se ve usualmente varios tipos de medidas orientadas a evitar golpes de Estado, diversas maneras en las que el Estado no democrático intenta prevenir la intervención militar activa en política.

Estas medidas tienden a caer en categorías específicas, una de las cuales es tener múltiples Fuerzas Armadas, como fue el caso del Irak de Saddam Hussein, con una Fuerza Armada regular compuesta en su mayor parte por conscriptos, mal entrenados y mal equipados, a los que se sumaba la Guardia Revolucionaria y otras entidades. Esta multiplicidad de institutos armados se usa para contrabalancearse entre ellas mismas, especialmente si alguna de estas entidades se interesa demasiado en política.

Otra forma es tener múltiples organizaciones de seguridad al incluir a la Policía, los cuerpos de inteligencia en relaciones de control, y usualmente se emplea tal esquema para recolectar información de diversas personas. Así, si alguien en las Fuerzas Armadas está considerando algún tipo de conspiración, alguien se entera de ello e informa a otra persona, creando desconfianza entre estas organizaciones, derivando en la no intervención porque la preocupación de que sean descubiertos antes de tiempo es demasiado alta, y subsecuentemente sean tratados muy mal.

Otra forma es utilizar la coetnicidad o coreligiosidad, un ejemplo de lo cual es Siria, donde el presidente Assad tendía a incorporar en los cuerpos de comando militares a oficiales de su misma fe religiosa, los cuales a cambio respondían con gran lealtad, entrelazando los destino de unos con otros. Esto también puede ser hecho con grupos étnicos, familiares u otros. Este método tiende a ser el más efectivo coup-proofing, el que tiene más probabilidades de funcionar, pero también tiende a colocar personas incompetentes en puestos clave, porque son ubicados por quiénes son en lugar de cuán buenos son en sus trabajos.

Una manera más es la cooptación económica, haciendo que sea rentable económicamente para las Fuerzas Armadas el apoyar al Gobierno. Esto es usualmente posible cuando el Gobierno tiene acceso a recursos naturales como petróleo, o como el caso de Perú, minerales, madera u otros materiales que el país producen que valen mucho.

La última forma es el profesionalismo, que puede sonar raro como métodos de coup-proofing, sin embargo se puede considerar que si se hace a las Fuerzas Armadas muy profesionales, se mantendrán en esa línea y no querrán intervenir en política. Esta es una manera muy inefectiva de implementar el coup-proofing. Simplemente no funciona. Muchos institutos armados muy profesionales han intervenido muy alegremente en política porque sentían que eran tan profesionales que ellos podían hacer las cosas mejor.

Estos métodos usualmente se aprecian en Estados no democráticos y democracias en proceso de maduración. Algunas de estas prácticas resultan familiares al revisar la historia de la región.

Las necesidad de una formación cultural

 

Si una sociedad intenta convertirse en una democracia madura, completamente institucionalizada, hay otras formas de hacer esto, se le denomina racional-legal, en la que se tienen instituciones de autoridad civil, estructuras en la que los civiles son los que toman las decisiones finales, también se tienen sistemas efectivos de monitoreo y castigo, maneras en las que la autoridad civil puede averiguar el comportamiento de los militares y, de ser necesario, retirarlos del servicio o algún otro tipo de sanción, sin llegar a mayores, como la ejecución.

El profesionalismo solamente funciona si involucra una cultura del deber y obediencia, los institutos militares no solamente deben ser competentes en sus roles primarios, sino que deben tener una cultura de servicio al público, con el interés público por encima del interés organizacional.

Minimizar las diferencias culturales entre los estamentos militares y la elite política es también muy importante, y esto tiene que ver más con la psicología humana, lo más que los políticos le pidan a los militares a hacer cosas que no les agradan, las probabilidades de fricción son mayores. Pero, no se pueden minimizar estas diferencias y tener a militares presionando a civiles para que sean más como ellos, porque eso sería una interferencia en el proceso democrático. Idealmente, lo que se quiere son buenas relaciones, relaciones interpersonales buenas, donde los militares pueden tener discusiones francas con los hacedores de política sobre el interés nacional, el camino a tomar hacia el interés nacional, qué funciona, qué no.

La importancia de un gobierno serio

 

Finalmente, uno de los puntos más controversiales porque implica que tal vez, ocasionalmente la intervención militar sea probablemente justificada. Se necesitan gobiernos legítimos, un gobierno que esté haciendo política de la buena, y que sea apreciado por el público por hacer buenas políticas. Es muy, muy difícil, tener a un grupo de personas que han jurado hacer lo que el gobierno les diga, incluyendo arriesgar sus vidas, y luego tener un gobierno que continuamente toma muy malas decisiones, que ponen sus vidas en peligro.

Es muy difícil seguir ganando la lealtad de un grupo, cuando el gobierno constantemente práctica lo que se denomina mal gobierno, y es esto, en líneas generales, lo que usualmente motiva a los militares a intervenir.

En democracia, las personas se deben gobernar a sí mismos, quieren tener una opinión sobre el quehacer nacional, en la práctica esto implica que el pueblo se involucra en la preparación de cuerpos de leyes que definen la estructura y procesos del gobierno. Se comienza por la Constitución, luego periódicamente en las elecciones donde deciden si el gobierno ha estado haciendo un trabajo aceptable o no.

Entretanto, el servicio civil, los institutos armados, policía, cuerpo de seguridad, inteligencia, llevan a cabo sus labores con el interés público en mente. Por estructura, las Fuerzas Armadas asemejan bastante a cualquuier burocracia, tienen un aparato logístico sustantivo que utilizan en el desarrollo de su misión constitucional, usualmente contra un agente externo, pero no siempre, ejecutando la política del gobierno, decidida a través de un proceso constitucional.

El poder de la amenaza

 

En teoría, la competencia de los militares no se debe extender a hacer juicios políticos holísticos sobre el interés nacional, pero hay cuatro circunstancias que pueden llevar al militar a hacerlo así.

Primero, el proceso político nunca es muy claro o limpio, eso no sucede. Siempre hay espacio para interpretaciones sobre la política, su  ejecución, renegociación de políticas. Es una ilusión el pretender que un militar se mantenga puramente técnico.

Segundo, los militares por definición tienen acceso al poder coercitivo, el último brazo de la política. Así no lo usen, la mera amenaza o temor de que lo puedan usar, puede ser suficiente para alterar su curso de acción.

Tercero, el público tiende a tener más confianza que parecen menos políticas, menos partidarias o más profesionales. Tal confianza puede ser erosionada por abusos de los militares u otras actividades. La ventaja de los militares sobre los políticos es que ellos pueden volver a ganar la confianza del público, lo que les da un inmenso poder político que debe ser manejado con precaución.

Finalmente, los oficiales militares son seres humanos y se interesan en temas más allá de sus habilidades técnicas. También son ciudadanos con derecho a estar interesados y tienen gran experiencia y competencia en temas de gobernanza, han observado el sistema por gran cantidad de tiempo. Ello les puede llevar a pensar que tienen mejor juicio que políticos recientemente elegidos.

Para mantener saludables relaciones civiles militares se debe tener conciencia de estos sentimientos, naturales sentimientos y actitudes, y entender, a nivel ético y normativo como manejarlos.

Es opinión personal de la doctora Cohn que la intervención militar no es la solución ante gobiernos ineficientes o ineptos y puede ser peor el remedio que la enfermedad. Los militares se pueden comprometer a colaborar en lugar de intervenir. Es inapropiado que los militares utilicen el presitigio ganado en su carrera profesional para influenciar el devenir político de un gobierno elegido.

Huerta defiende el ejemplo peruano

 

En la fase de preguntas y respuestas, el ministro de Defensa del Perú, José Huerta, realizó al final un comentario a la excelente ponencia de la doctora Cohn, se fundamentó en su experiencia como militar (es general de división en situación de retiro) y su experiencia en el campo civil. Recordó que en el Perú la última intervención militar en materia de gobernanza terminó a inicios de la década de 1980, y desde esa epoca, hace ya 38 años, no ha habido ningún intento para que los militares tomen el poder ilegalmente. Los militares, en todo ese período - continuó el ministro - hemos aprendido a vivir y respetar la vida democrática, porque así lo establece la propia Constitución, los militares peruanos no son deliberantes, lo tienen muy claro, se enseña en nuestras escuelas desde tempranas etapas de formación y en todos los niveles. Los militares del Perú entienden que la política debe ser dirigida por los políticos y los militares deben cumplir su rol constitucional.

Huerta agregó que el tema de las relaciones civiles-militares se viene manejando desde hace muchos años, habiéndose difundido que esta relación debe ser de carácter proactivo, es decir, si bien es cierto, los militares tenemos capacidades, conocimiento, expertise, pero todo esto está orientado a coadyuvar el cumplimiento de los objetivos de la política. Como ejemplo, destacó la presencia de los congresistas miembros de la Comisión de Defensa Nacional en el simposio. Aclaró que es un comentario hecho simplemente para dejar constancia de la realidad que se vive en el Perú.

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