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OPINIÓN
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Gustavo E. Andres Saralegui
Buenos Aires - Argentina, 1956. Ingeniero por la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA). Actividad privada, Urbaser (Grupo ACS) y Gaseba (Gas de France). Magister en Defensa por la Escuela de Defensa Nacional (EDENA). Colaborador en artículos de opinión para Nuevamayoria.com de Argentina e Infodefensa.com de España.

Argentina y el descreimiento de los políticos en la Defensa Nacional

28/05/2019 | Buenos Aires

Es una realidad que a partir de 1983, Argentina carece de política militar. No es el objetivo de este artículo intentar explicar las causas de esta situación, pero si procurar entender porque a la política doméstica poco le sirve el Ministerio de Defensa. Antes de todo se intenta realizar un encuadre de la situación y definir al menos el significado de algunos términos que nos permitirán saber de qué estamos hablando.

Esto significa que el abordaje a este “escrito” tiene muy pocos colores o tonalidades y un solo gris, (como solía comentar un profesor de la ex EDENA). A pesar de todo esto no quiere decir que “allá afuera” solo se ven tonos puros. La realidad tiene tantos colores como la mente del observador permita discriminar y definir.

La política es un intercambio de ideas abiertas donde valorizamos intereses, jerarquizándolos en fines (lo que queremos) y medios (lo que tenemos) con la idea de transformar conflictos en problemas comunes.

Al mencionar la palabra “conflicto”, no se hace referencia a aquellas teorías, como expreso Schelling en 1960, en su libro la Teoría del conflicto[i], que ven al mismo “como un estado patológico y tratan de investigar sus causas y establecer su tratamiento”, sino de aquellas que lo consideran más cerca de una relación normal interdependiente entre decisores sobre intereses que pueden ser coincidentes, lo cual determinara una relación cooperativa, o discrepantes, que llevará a una competición para ver quién gana.

Esto induce a considerar que todo conflicto necesariamente conlleva a un proceso decisorio.

El proceso de decisión más complejo que existe es aquella situación donde interviene la voluntad humana y no se sabe la probabilidad de que ocurra tal o cual resultado. Si los decisores tienen distintos sistemas de valores (distinta racionalidad) y se desconocen sus intereses, la decisión es una situación de interdependencia recíproca y en total ignorancia. Estamos en presencia de la estrategia.

La conducción estratégica nacional, como todo proceso decisorio fija sus objetivos nacionales. En otras palabras cuando un partido o movimiento en un régimen democrático al menos en occidente, gana una elección para jefe de estado y asume la administración central del país, define sus objetivos, que no son otro cosa que intereses más los efectos (aumentar o disminuir) a lograr para llevar adelante su gestión de gobierno.

Dentro de esos objetivos seleccionados, los habrá de naturaleza económica, y por tanto emitirá una directiva nacional verbal o escrita al área específica, llámese Ministerio de Hacienda, Finanzas o Economía, para formular un plan económico, también al ámbito de la salud, lo cual implicará elaborar un programa sanitario nacional por parte del Ministerio de Salud, pero además en su visión de la situación, se encuentra con valores universales consagrados por Naciones Unidas o en las mismas constituciones nacionales a los cuales no pueden soslayar al menos en teoría y deben darle un tratamiento acorde. Entre ellos están la libertad, igualdad, democracia, unión, justicia, paz, defensa, bienestar, seguridad entre otros. También en su visión de la situación aparecen intereses nacionales, observados en las cartas magnas como son soberanía e independencia del estado, integridad territorial y autodeterminación y esto los condiciona a emitir una directiva estratégica al área defensa con la finalidad que la misma haga operativos esos objetivos nacionales. Esto lleva a preparar un planeamiento militar.

El conflicto

 

Aquí comienza el conflicto, ya que el gobierno debe sustituir aspiraciones retóricas por metas pragmáticas, en definitiva elaborar una estrategia para hacer realidad los objetivos nacionales que declama. En otras palabras transformar los objetivos nacionales en finalidades capaces de alcanzar.

Por ejemplo en materia de soberanía e integridad territorial, Argentina mantiene una situación conflictiva desde que es un estado y que aún no pudo resolver. Durante años no fue un objetivo nacional de ningún gobierno sea autocrático o democrático solucionarlo y los escasos avances se lograron mediante una estrategia que se apoyó en una relación de identificación de ese interés propio con el resto de las naciones del mundo, obviamente dejando de lado la posición del Reino Unido. El mayor avance fue la Resolución 2065 de 1965 que instaba a ambos gobiernos a urgentes negociaciones respecto a la concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales así como los intereses de la población de las Islas Malvinas.

Sin estrategia con el único deseo de desviar la atención interna y externa sobre la pésima gestión de gobierno del último proceso autocrático (dictadura militar 1976-1983), el 2 de abril de 1982 y con un plan militar para el desembarco y la ocupación por cinco días (D+5) diseñado por la Armada (ARA), la Argentina se enfrasca en una guerra con el Reino Unido por el tema Malvinas. Al cabo de 74 días y un costo en vidas de 649 argentinos, las Fuerzas armadas, no solo fueron derrotadas en el campo de batalla, sino la política argentina, sufrió un aplastante debacle en cuanto a las perspectivas de recuperación de la soberanía de las islas, la cual a la fecha, no tiene ninguna expectativa de solución, dado la total falta de estrategia de la conducción nacional en la materia, a partir de la finalización del conflicto armado.

Es en esto donde toma dimensión la estrategia, ese proceso decisorio que no es otra cosa que una serie de pasos cognitivos para comprender primeramente el conflicto en el cual estamos involucrados (visión del conflicto); la política que define el escenario futuro que pretendemos para nuestros objetivos dada la realidad actual (escenario presente) y los aliados que nos ayudará a lograr esos objetivos; como así también la jugada que vamos a realizar en función de nuestras intenciones, donde las posibilidades de acuerdo al nivel del conflicto comprometido, involucran relaciones interdependientes entre los decisores que van desde: la coincidencia de fines o sea el consenso sobre los intereses en juego, logrando la cooperación de ambas partes, a la discrepancia de fines que genera un conflicto competitivo, donde es necesario conducir el poder.

Ojo con las consecuencias

 

Y ahí está el meollo de la situación, el poder no tiene existencia real pero sí sus consecuencias. Percibimos poder de un decisor sobre otro, cuando los fines a alcanzar por el “decisor x” dependen de los medios del “decisor y”. Cuando se manejan medios, como influencia política, recursos económicos o capacidad militar, siempre se está en condiciones de influir en la voluntad de otro decisor, disuadiéndolo, exigiéndolo o haciéndolo abandonar fines no deseados o por lo menos morigerar los efectos de los intereses buscados.

En un conflicto de carácter competitivo por cierto podemos escalar desde el debate o persuasión hasta el empleo de medios, sean estos recursos económicos o capacidades de tipo militar, contra los fines del otro a través de la coacción o aun escalando más el conflicto, llegar al acto de fuerza que no es otra cosa que empeñar en el conflicto los medios disponibles contra los del otro. Algo poco recomendable ya que un acto de fuerza (guerra) y dependiendo de su magnitud, es una alternativa que se agota en sí misma, en la guerra total el después no existe, por lo general el costo sobrepasa el beneficio del fin político. La fuerza mas poderosa es la que no se emplea nunca, la fuerza se consume pero el poder no, el poder es a la fuerza, como el crédito al dinero. Sin más, al observar el beneficio de tomar las islas, sin contemplar el costo, ¿qué resultado dio?, ¿quién mantuvo siempre el poder?, ¿se alcanzó el interés deseado? En el libro Relatos de Sebastopol de León Tolstoi, se encuentra la frase que quizás sintetiza este concepto, “las cuestiones que no resuelven los diplomáticos menos aun las resuelven la pólvora y la sangre”. Un claro ejemplo de que ambas habilidades deben jugar juntas.

El arte de la estrategia es imponer más o conceder lo menos posible de lo que permitan los recursos, prometiendo más que otorgando, pero sin recursos es muy difícil que la dialéctica política alcance los objetivos propuestos.

Por ello suena muy ajeno a alcanzar logros en la resolución de conflictos competitivos, en el ámbito político, económico o militar, de un territorio u espacio, cuando se deja de lado la coacción, que no es más que la alternativa que preanuncia un costo a los intereses o fines del otro con los medios propios.

Cada jugada lleva su mensaje el cual debe tener autoridad de quien lo emite, mostrando los medios de que dispone y los fines que persigue, y ahí esta donde las acciones de coacción cumplen su principal rol, desde sencillas como ignorar al oponente o complejas como disuadir mostrando el arsenal militar acorde, para que el contenido del mensaje sea muy claro.

Sin embargo, cuando el argumento buscar reforzar el consenso, solo queda el arte de la retórica. Los políticos argentinos descreen de la coacción militar y son más propensos a distraer los medios del otro decisor con las declamaciones retóricas.

Hasta el momento, poco han logrado y posiblemente nada consigan si olvidan que la disuasión a través del poder militar puede hacer cambiar de opinión a más de uno, aquello que Alexander Went en su publicación Anarchy is what the states make it of de 1992, describe dentro de las Relaciones internacionales, como la ausencia de una autoridad política centralizada, que obliga a los estados a desempeñar una política de poder en competición.

Para que exista la posibilidad de utilizar la coacción con el fin de alcanzar los objetivos nacionales declamados de soberanía, independencia, integridad territorial y autodeterminación, el Ministerio de Defensa Nacional como administrador del bien público Defensa, debería tener en su activo los recursos acordes para planificar las hipótesis de empleo en función de la directiva estratégica nacional emitida por el Poder Ejecutivo Nacional. Estos recursos no son otra cosa que las capacidades militares comprometidos en la cadena de esfuerzos para alcanzar los objetivos parciales en el logro de los objetivos nacionales.

 


[i] SCHELLING, Thomas: The Strategy of Conflict, Cambridge, MA, Harvard University Press, 1960. 

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