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Iván Witker

Politólogo, periodista por la Universidad de Chile, PhD por la Universidad Carlos IV, Praga. Graduado del CHDS de la National Defense University, Washington DC. Fue director de la mención Relaciones Internacionales del doctorado en Estudios Americanos, Universidad de Santiago, y de la Cátedra de Estudios Internacionales de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos de Chile (Anepe). 


D. Nylander, un noruego que exorciza conflictos sudamericanos

18/06/2019 | Santiago de Chile

La iniciativa noruega de participar con fuerza y cautela en los nudos de conflictividad extrema que vive América del Sur ha sorprendido a algunos, pese a que en su capital se entrega el Premio Nobel de la Paz. Sin embargo, desde hace algún tiempo, su diplomacia hace esfuerzos activos para contribuir como “facilitador neutral” en diversos conflictos. La lista es interesante.

En 1993 fue sede de difíciles conversaciones entre israelíes y palestinos que culminaron en los Acuerdos de Oslo, considerados un gran éxito, aunque después todo se diluyó. La cancillería noruega asistió al gobierno de J.M. Aznar para dialogar indirectamente con la ETA; apoyó las conversaciones entre el gobierno de Sri Lanka y los Tigres Tamiles (el tenebroso grupo terrorista étnico que creó la diabólica bomba humana) e intercedieron en Filipinas con grupos irregulares yihadistas y, lo que es su principal logro, facilitó el proceso de paz entre el gobierno de J.M. Santos y las FARC. Hoy busca pacificar los espíritus en ese volcán llamado Venezuela.

¿Cómo se ha gestado este interés noruego por las crisis sudamericanas?, ¿qué razones puede tener un país tan alejado geográficamente para querer ser un actor relevante en un rincón del mundo muy ajeno en lo idiosincrático?

Un primer punto a considerar es la personalidad de un activo diplomático noruego, llamado Dag Halvor Nylander, sin el cual nada de esto sería posible. Nylander fue el jefe del equipo diplomático noruego en las conversaciones indirectas y posterior proceso de paz entre el Gobierno de J. M. Santos y las FARC colombianas, llevado a cabo en Cuba. Con 50 años de edad, se trata ya de un veterano mediador con varias destinaciones en América Latina. Nylander fue tercer secretario en la embajada noruega en Buenos Aires (1999-2001) y volvió a la región más tarde como embajador en Colombia (2005-2008). En 2017, el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, lo designó como su representante en la disputa territorial que Venezuela mantiene con Guyana por el Esequibo. Y desde hace algunos meses, lleva las riendas del acercamiento entre Maduro y Guaidó.

Pese a sus reconocidas virtudes, Nylander tiene algunos detractores, especialmente por sus simpatías (que seguramente perduran de años juveniles) por la revolución cubana. Se le critica su excesiva amistad con varios diplomáticos relevantes de Cuba, como Rodolfo Benítez Verson.

Quienes participaron y han analizado el proceso colombiano, no dudan en atribuirle cualidades personales muy relevantes. Dicen que aborda los problemas con una metodología basada en la generación de confianza y en la persistencia de enmarcar agendas con lógica de continuidad y avance. También le reconocen un vasto conocimiento de la situación interna colombiana, asunto que suena coherente con su intento de sentar en una mesa de conversaciones al gobierno colombiano con la guerrilla del ELN en un ya lejano 2005. Una experiencia que no prosperó.

Un segundo punto a tener en consideración respecto al involucramiento noruego, es que no se trata de una conmovedora ingenuidad nórdica, como diría Joseph Conrad. Por el contrario, son esfuerzos con base institucional. Desde hace décadas, su cancillería posee un Departamento para la Paz y la Reconciliación que exhibe una dilatada trayectoria de participación en procesos complejos y en lugares muy disímiles. Con ese apoyo, la diplomacia noruega se ha metido en casi puros nidos de ideas pérfidas.

Un papel vital en estos esfuerzos lo juegan dos instituciones que cuentan con el aval de los dos principales partidos políticos, el Instituto de Investigaciones de la Paz (creado en 1959) y una entidad público-privada, el Centro Noruego de Resolución de Conflictos (NOREF, creado en 2008). Ambas instituciones sirven de contrapeso a la temprana decisión noruega de adherir a la OTAN, la cual fue una decisión difícil para una sociedad moldeada por la socialdemocracia europea típica de la post Segunda Guerra Mundial. Ambas instituciones han conseguido perfilar una neutralidad activa que, a diferencia de Suiza, busca puntos neurálgicos donde plasmar su auto-asignado rol de facilitador, que, exorcizando los fantasmas, intenta resolver conflictos. Nylander se ha transformado en el ícono de tales iniciativas.

Cuesta avanzar un criterio firme sobre el curso que irá tomando el esfuerzo noruego en el polvorín venezolano. Estos procesos no funcionan como la geometría. Y con certeza casi euclidiana, se puede sostener que Venezuela es un conflicto donde no sólo las partes no saben cómo alcanzar sus objetivos (ni para qué), sino que ambas se encuentran atrapadas en intereses foráneos bastante más poderosos de lo que se cree y admite.

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