LIBROS

Nidos de Espías (Eduardo González Calleja y Paul Aubert, Alianza Editorial)

02/02/2014

Eduardo González Calleja y Paul Aubert

ISBN: 978-84-206-8366-9
Año de publicación: 2014
Introducción del libro:

Parece mentira que hoy en día siga habiendo tantos huecos en nuestra historia contemporánea. Ausencias que dificultan entender nuestro presente y dar sentido a la realidad actual de España. Por eso hay que dar la bienvenida al libro de los profesores Eduardo González Calleja y Paul Aubert. Un estudio imprescindible para comprender una de las facetas más oscuras de la historia española del siglo XX. No solo por tratarse de la actuación de los servicios de información –algunos prefieren llamarlos de inteligencia-, algo ya de por sí difícil de reconstruir por su propia naturaleza, sino porque pocos han asumido la influencia que han tenido y tienen en la formulación de las políticas a seguir. El libro, titulado “Nido de espías. España, Francia y la Primera Guerra Mundial (1914-1919)”, es, en ese sentido, interesante, revelador y pieza importante para entender sucesos posteriores como nuestra Guerra Civil, la segunda Guerra Mundial e incluso los años pre-democráticos. Hasta ahora, el trabajo más serio sobre este tema y época lo había dirigido el profesor Fernando García Sanz, investigador del CSIC, gracias a un proyecto de investigación financiado por el Ministerio de Educación titulado “Contraespionaje, seguridad y relaciones internacionales en España durante la Primera Guerra Mundial” y de cuyo resultado solo conocemos una serie de artículos publicados en la revista Arbor.

El trabajo de González Calleja y Aubert profundiza, sobre todo, en la actuación de los servicios de información franceses en territorio español y aporta una gran documentación desconocida hasta ahora. El libro sitúa el inicio de la construcción del servicio de espionaje francés en España bien entrada la guerra. En junio de 1915, con la llegada de dos comisarios franceses, Collard y Picard, El objetivo principal era el control y vigilancia de la frontera y quedó constituido en Barcelona y San Sebastián-Bilbao, con puesto secundarios en Zaragoza, Pamplona y Salamanca, en enlace con Lisboa. Desde Sevilla y Málaga se vigilaban las acciones alemanas en Marruecos y el contrabando de armas desde el protectorado. El puesto de Madrid vigilaba la capital y coordinaba el conjunto del servicio. A partir de diciembre de 1915, el 2er Bureau estableció en España un servicio de contraespionaje a semejanza del que ya funcionaba en otro de los importantes países neutrales, Suiza. Desde un primer momento, su responsable, el coronel Denvignes se dio cuenta de la importancia que representaba España en el contexto de la guerra y así se lo hizo saber a sus superiores: “En París se ha cometido la equivocación de considerar desde hace treinta años a España como un campo de barbecho (...). Los alemanes se han dado cuenta y han actuado, de forma muy diferente (…). En el periodo de comienza, Madrid va a convertirse en una encrucijada de primer orden y en el centro más grande de Europa” (Pág. 43). Los autores del estudio calculan que el servicio francés se gastó en España solo durante los dos primeros años de la Gran Guerra (1914-15) unos 300.000 francos, la sexta parte que Alemania.

Los dos profesores recuerda que aunque España permaneciera neutral en la Primera Guerra Mundial, no estuvo del todo al margen: no quiso hacer la guerra, pero «la guerra se le metió en casa». Fue campo de batalla para los servicios de espionaje de los dos bandos contendientes. Los propios beligerantes eligieron el territorio de la península para librar una guerra de espionaje, sabotaje y propaganda, una guerra invisible, sin frentes, destinada a favorecer sus intereses y a cuidar su imagen en la opinión pública para preparar las condiciones económicas de la paz. Desencadenaron sobre el territorio español una lucha despiadada con medios legales e ilegales: bloqueo portuario y marítimo, guerra submarina, abastecimiento de los beligerantes, violación de aguas jurisdiccionales, pero también difusión de rumores y mentiras, impresión de libelos en el idioma del enemigo, fomentando una psicosis de «espionitis», con presencia de agentes secretos y circulación epistolar de bacilos patógenos. En 1917, se podía afirmar que Madrid, Barcelona y los puertos habían llegado a ser “nidos de espías” manipulados por servicios extranjeros no siempre bien coordinados.

Además de sucesos más o menos conocidos, como las peripecias en la Península de la espía Mata-Hari o la decisión británica de cortar nada más comenzar la guerra, en agosto de 1914, el cable telegráfico submarino Vigo-Emden a la altura del Canal de la Mancha –lo que impedía a Berlín mantener comunicaciones transoceánicas normales-, es recomendable la lectura del capítulo referido a la guerra ideológica y la actuación, en concreto, de los servicios de propaganda. Ambos, el francés y el alemán, dedicaron grandes esfuerzos y sumas de dinero para condicionar y manipular la orientación de los principales diarios de la época, sabedores de su influencia en la conformación de la opinión pública española. La polémica movilizó a toda la profesión. Si España se mostró neutral políticamente, la prensa fue claramente un campo de batalla abierto y sanguinario en tinta y denuncias escritas. Ejemplos hay muchos. Desde Pérez de Ayala que puso su editorial servicio al servicio de la causa aliada por lo que, a partir de septiembre de 1915, recibía 750 pesetas mensuales de la propaganda británica. Los franceses, por su parte, llegaron a dominar entre 80 y 100 periódicos de provincias al final de la guerra, llevando una lista negra de los medios germanófilos como, por ejemplo, el caso del coruñés “El Eco de Galicia”, financiado y dirigido entonces por el arzobispado compostelano. En el caso alemán, las acciones de propagandas fueron muy amplias. Además de pagos o subvenciones directas a periodistas y diarios, subvencionaba mensualmente a la Compañía de Telégrafos con 3.000 pesetas para que publicación, fuera de los partes oficiales, de noticias y análisis favorables, y costeaba el servicio de la agencia de noticias Wolf a los medios españoles para alimentar sus páginas, así como hojas o boletines especiales.

Como recuerda el libro en su parte final, los pasos dados por los servicios de espionaje de Francia y Alemania en España durante la primera Guerra Mundial –y la de sus principales protagonistas- fueron la antesala de su actuación durante los conflictos armados posteriores y, aunque sólo sea por eso, imprescindibles de conocer para poder contextualizar lo ocurrido posteriormente. Conocido es, en este sentido, las actividades de un joven alemán conocido como Reed Rosas –seudónimo de un teniente de navío llamado Canaris- que se instaló en Madrid el 30 de noviembre de 1915 con la misión de espiar los movimientos de barcos aliados en el sur para aportar objetivos claros a los submarinos alemanes que operaban en el Mediterráneo y en el Atlántico. Canaris, que también ayudó a construir las redes de aprovisionamiento de buques alemanes en el norte de España, logró el apoyo de importantes hombres de negocios españoles para su esfuerzo de guerra. Con el vasco Horario Echevarría construiría pequeños barcos para abastecer a los sumergibles alemanes –en servicio a partir de la primavera de 1916- y con Juan March, hombre clave en el repostaje de combustible que navíos alemanes alrededor de las islas Baleares. Las pérdidas en tráfico naval aliado fueron suficientemente importantes como para que el MI-6 enviase a Stewart Menzies a contrarrestar la acción de la res de Reed Rosas. Estos nombres, Canaris, Menziez y March volveremos a encontraron en España durante la segunda Guerra Mundial. El primero como máximo responsable de los servicios de espionaje alemanes, el segundo como jefe de la Inteligencia británica en Madrid y el tercero como conspirador y agente de ambos servicios aunque siempre a favor de Franco.

Por último, aunque no menos significativo, hay que reconocer la labor de la editorial Alianza por publicar –en papel y edición digital- este tipo de estudios e investigaciones novedosas –aunque quizá de èscaso éxito de ventas- y por la cuidada edición de la obra, donde no falta una buena selección de fotografías, un muy útil y trabajado índice de onomástico y una cuidada edición.

Eduardo González Calleja es profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad Carlos III de Madrid. Paul Aubert es catedrático de Literatura y Civilización Españolas Contemporáneas en la Universidad de Aix-Marsella. Fue director de estudios de la Casa de Velázquez en Madrid. Alfonso Izquierdo

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