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OPINIÓN
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Firma Invitada

Gabriel Cortina

Consultor de empresas. Diplomado en Altos Estudios de la Defensa Nacional

 


La trampa de la tecnología

16/05/2018 | Madrid

La cuarta revolución industrial, definida por la convergencia de lo digital, lo físico y lo biológico, afecta de forma determinante a los asuntos de la Defensa. Modificar la forma en que vivimos, trabajamos y nos relacionamos, gracias a los avances de la tecnología, implicará cambios en el enfoque militar de los conflictos y las amenazas. Si bien es cierto que toma de decisiones, planteamiento de la disuasión o ejecución de la neutralización del adversario ofrecen nuevas posibilidades gracias a la innovación, los requisitos exigidos por las Fuerzas Armadas se enfrentan a una serie de trampas.

La primera de ellas es difundir un discurso a favor de la tecnología, en sus múltiples formatos (IoT, industria 4.0, inteligencia artificial…), sin que vaya acompañado por un nivel similar de ambición política. Esta actitud manifiesta la realidad parlamentaria del país, no la opinión pública, y tiene un único reflejo de orden práctico, que se llama presupuesto.

El planeamiento de la Defensa está definido según el horizonte 2035, es decir, para dentro de diecisiete años. Su origen está en la Orden Ministerial 37/2005, que es donde se describe el proceso para la determinación y obtención de las capacidades militares. Los elementos que garantizan su operatividad se resumen como MIRADO: el material, la infraestructura, el recurso humano, el adiestramiento, la doctrina y la organización. La tecnología, como factor transversal, juega un papel determinante. Esta visión ha sido forzosamente adaptada a la realidad actual a base de recortes, y se han hecho todas las variaciones posibles para poder construirlo desde unos mínimos imprescindibles.

La traducción política del horizonte 2035, teniendo en cuenta que no haya variaciones significativas, supone un escenario de cuatro elecciones generales por delante, con los previsibles cambios de Gobierno. No se trata de hablar de la necesidad de la tecnología en la autocomplacencia de los foros, sino de procurarla en unas capacidades futuras equilibradas y efectivas, con realismo. El índice se podría cuantificar en el adecuado nivel de disuasión, que es la consecuencia de una buena política de seguridad y defensa porque impide generar nuevas vulnerabilidades. La comunidad estratégica debe hacer todo lo posible para ejercitar su influencia y mostrar esta realidad ante los próximos líderes sociales y políticos.

Otra trampa es la obsolescencia, que viene de apoyar una parte olvidándose que forma parte de un todo. Paradójicamente, lo más costoso de sostener es mantener, bajo un mismo sistema,un conjunto de capacidades anticuadas con otras muy modernas. La parálisis presupuestaria genera obsolescencia y manifiesta también una actitud ante la innovación. Así como en nombre del gasto social se han hecho auténticos disparates, lo mismo ocurrirá con la fiebre de pretender disponer de todos los adelantos e inventos, bajo la excusa de la innovación. Según el modelo de cooperación público-privada, nada mejor que compartir riesgos y costes entre las partes, compensado los resultados con patentes y soluciones que entren en el catálogo real de las adquisiciones.

La tercera trampa es la inmediatez. La tecnología es el resultado del talento y esto implica tiempo. Al talento le ocurre lo mismo que a la inversión: si no se sabe atraer y cuidar, se va y, con frecuencia, ya no regresa. No basta con un impulso por diseñar y fabricar con la excusa del factor empleo, sea o no cualificado; es necesario asegurar el sostenimiento de equipos y programas, y una gestión de ciclo de vida completa, que en ocasiones superará las dos décadas. Hace falta un presupuesto sostenido en el tiempo. Lo no acometido es irrecuperable. Lo acometido tecnológicamente se potencia con alcance y velocidad, y eso significa inversión.

La cuarta es no saber distinguir. Desde los centros más significativos de investigación y desarrollo,el planteamiento de las capacidades militares incluyelos nuevos parámetrosde la inteligencia artificial, el análisis y la explotación del big data, y los algoritmos diseñados con el objetivo de "comprender para hacer". Los próximos 20 años tendrán los mismos riesgos y amenazas, pero nuevos medios y armas harán que varíen su forma y efectos. Hay que prestar atención a la robótica, la inteligencia artificial y las máquinas militares autónomas (AWS); la furtividad y la indetectabilidad (camuflaje de invisibilidad); los neutralizadores de transmisiones y comunicaciones; y las armas de energía dirigida (láser, microondas). La amenaza híbrida es el escenario o la percepción de los futuros conflictos. Si bien es cierto que la superioridad operativa es requisito estratégico, lo que implica abordar el "algoritmo de guerra", la realidad de las cosas exige tomarse en serio el planeamiento militar del horizonte 2035.

Por último, recordemos que lo nuclear, y su derivada de los misiles balísticos (BMD), sigue siendo el protagonista del gran juego geopolítico, y que puede poner en jaque cualquier competición por la carrera sofisticada de estilo campus Silicon Valley. Si queremos que la revolución tecnológica se transforme en una realidad operativa implica una nueva mentalidad. Este camino ha de superar las trampas que se esconden tras los riesgos y las amenazas futuras, los escenarios de actuación y las dotaciones presupuestarias.

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