Trump y el giro necesario en la defensa militar de Europa
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Trump y el giro necesario en la defensa militar de Europa

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El triunfo inesperado para casi todos en Europa de Donald Trump en las presidenciales estadounidenses pone encima de la mesa un asunto sobre el que el viejo continente lleva tiempo remoloneando: la necesidad de afianzar una verdadera autodefensa. Obama, como otros líderes norteamericanos con anterioridad, ya exhortó a sus aliados de la OTAN a incrementar los recursos destinados a su propia seguridad y a dejar de confiar grandes cuotas de la misma a la, de momento, superpotencia única. Pero en ningún caso puso en duda su apoyo aliado.

El próximo comandante en jefe de la mayor maquinaria militar de la historia ha amenazado en su victoriosa campaña con suprimir su colaboración militar con Europa si ésta no se lo procura a sí misma. Incluso ha afirmado que no se sentirá obligado a defender a sus aliados de la organización atlántica en caso de un ataque exterior. Es una postura sin precedentes por parte de un presidente de Estados Unidos.

El conciliador discurso de la victoria de Trump contrasta con los que lleva pronunciando en los últimos meses. El nuevo tono augura una postura más atemperada por parte de quien ya ve atrás el estruendoso artificio de la campaña y comienza a percibir el silencio del poder. Pero aquí no conviene equivocarse.

Si los países europeos llevan años sin terminar de enfrentar en serio una realidad que tarde o temprano se auspiciaba que iba a imponerse, no es momento ahora de volver a darle la espalda cuando la advertencia es más clara que nunca. Hoy no sirve de excusa la esperanza de que todo volverá donde estaba por mera inercia. El mundo lleva una década mudando arraigadas tendencias y la noche del martes ha confirmado la profundidad de los cambios. Ya no es momento de dilatar soluciones ante un líder mundial que cuestiona el compromiso del mismísimo Estados Unidos con la OTAN e incluso no descarta la desintegración de la Alianza Atlántica.

Sobre los 28 países de la organización pesa desde hace más de dos años el compromiso de mantener un gasto militar de al menos el dos por ciento de sus respectivos PIB (Producto Interior Bruto). La Agencia Europea de Defensa trabaja aún más tiempo en buscar alternativas para no depender tanto de los sistemas norteamericanos. Ocurre con los aviones cisterna, una capacidad considerada clave en cualquier operación de calado –se demostró en Libia y Mali–.

Pero si el objetivo ya estaba claro, el esfuerzo para lograrlo se antoja insuficiente. Apenas cuatro países europeos cumplen con ese 2 por ciento –parece escaso aunque se tenga de plazo hasta 2024– y los aviones cisterna sólo han cuajado en Países Bajos y Luxemburgo. Estos dos miembros son los únicos que se han comprometido a comprar un par de A330 MRTT para alimentar con recursos europeos una futura flota de aeronaves de abastecimiento.

La llegada de Trump coloca en primera fila de la agenda la vieja aspiración de una verdadera defensa europea. Por fuerza mayor. El inopinado líder no sólo ha avisado de que puede acabar con buena parte de la ayuda militar norteamericana, sino que se ha encargado de elogiar a Vladimir Putin, al que considera un líder fuerte y poderoso. Y lo hace en un momento en el que los rescoldos de la guerra fría reciben el aliento de los conflictos de Ucrania y Siria avivando el temor occidental a un Moscú belicoso. Resulta inquietante que tanto Rusia como incluso Corea del Norte hayan apoyado la candidatura de Trump durante la campaña. En el segundo caso, el más llamativo, la postura sólo se concibe teniendo en cuenta las críticas del futuro presidente a Corea del Sur y Japón, enemigos naturales del régimen de Pyongyang.

Ya era sabido que Europa debía terminar tarde o temprano por responsabilizarse en mayor medida de su propia defensa. Desde esta semana el tiempo verbal es otro. Ya no hay excusa. Ahora debe hacerlo.



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