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Especial patrulleros en Latinoamérica

La Armada Uruguaya precisa de patrulleros oceánicos para recuperar sus capacidades operativas

Barreminas AB412 que la Armada Uruguaya emplea en tareas de patrullaje. Foto: Armada Uruguaya

Barreminas AB412 que la Armada Uruguaya emplea en tareas de patrullaje. Foto: Armada Uruguaya

19/03/2021 | Montevideo

Gabriel Porfilio

La Armada Uruguaya, una fuerza nacida en 1817, está pasando por su peor crisis existencial. Si bien es cierto que las tres armas de las Fuerzas Armadas de Uruguay están seriamente comprometidas operacionalmente, las dos fuerzas denominadas técnicas, la Armada y la Fuerza Aérea, son las que actualmente están sufriendo más profundamente la carencia de medios, con el agravante de que la Armada está básicamente con cero capacidades operativas.

Actualmente, la Armada cuenta con una fragata clase Joao Belo, dos barreminas clase Kondor II (operando sobre todo en tareas de patrulla) y un puñado de buques auxiliares, la mayoría operando en forma limitada o necesitando reparaciones mayores.

La adquisición de dos helicópteros Agusta Bell 412 de segunda mano a Italia, junto con un Bell OH-58 Kiowa y la donación de tres Cessna O-2A Skymaster desde Chile fueron las pocas novedades positivas que la fuerza ha recibido en muchísimos años. El buque de mayor desplazamiento con que cuenta la Armada, el navío logístico ROU 04 Artigas, está a día de hoy en dique seco recibiendo un recambio de motores, proceso que demorará al menos dos años.

Necesidad de patrulleros oceánicos

 

A mediados de la década pasada, el poder político uruguayo encomendó a la Armada la búsqueda del navío que vendría a reemplazar a los buques mayores basado en un cambio doctrinario, dejando de lado el concepto de una fuerza naval con buques de guerra para ir hacia una con funciones más policiales.

El plan consite en equipar a la Armada con navíos oceánicos multipropósito con una limitada capacidad bélica pero sí con ciertas características que permitiesen la patrulla de aguas azules, tener la posibilidad de embarcar un helicóptero y poseer una tripulación menor a la que precisa una nave de guerra.  

La Armada, después de dos profundos estudios técnicos que llevaron años en concretarse, llegó a la conclusión, en ambas ocasiones, que el navío elegido para la tarea sería el OPV 80 de la firma alemana Lurssen, seguido por el también alemán OPV 80 de Fassmer, el DCNS L’Adroit francés tercero y cuarto, más rezagado, el CSOC P18N de China.

En ese entonces, el poder político presentó un voto de confianza, ratificado por ambas cámaras legislativas, manifestando que apoyaba el proceso de recambio de buques de la Armada y que se deberían proveer los medios financieros necesarios para lograrlo.

Desde ese estudio, en 2016, hasta la fecha no se han producido más avances en este sentido con la excepción del continuo reclamo de la necesidad de adquirir más medios desde la Armada, aceptado y refrendado por el poder político, pero sin ningún tipo de avance real.

Decisión política comprometida

 

Si bien desde 2020, con la llegada del nuevo Gobierno, en múltiples oportunidades tanto el presidente Luis Lacalle Pou como el ministro de Defensa, Javier García, reafirmaron el compromiso de que se deben buscar soluciones para recambiar el equipamiento de la Armada, la pandemia del Covid-19 ha atestado un gran golpe a cualquier plan inmediato de acción, concentrándose todos los esfuerzos en la lucha contra la enfermedad.

También es cierto que, desde el punto de vista puramente político, la adquisición de equipamiento para las Fuerzas Armadas es siempre una decisión difícil al no generar un impacto del todo positivo en la población que, muchas veces, lo asume como un gasto innecesario. Este costo político que enfrentan los tomadores de decisiones lleva a que toda compra, por más necesaria que sea, deba ser justificada innumerables veces ante una opinión pública que, aunque carece del conocimiento técnico para evaluarla, por defecto la descarta como una mala inversión.

Por ejemplo, la reciente compra de dos Lockheed Martin KC-130H Hercules a España, una adquisicón que desde todo punto de vista fue muy beneficiosa para el país, generó una andanada de críticas desde la oposición, persiguiendo una ganancia política que encontró eco en un buen segmento de la población.

Si pensamos que la compra de buques costará cientos de millones de dólares, es fácil imaginar que, desde el punto de vista político, por más que se necesiten medios inmediatamente esta inversión será tomada con mucha cautela y midiendo cuidadosamente el impacto que este desembolso pueda generar en la ciudadanía.

Historia de la fuerza

 

La pequeña Armada Uruguaya nunca se caracterizó por ser una fuerza extremadamente potente en la región, pero siempre mantuvo, al menos, ciertas capacidades disuasivas mínimas, que le permitieron mantener la presencia en el mar uruguayo y ejercitarse con sus pares de países vecinos y otras naciones amigas.

Al comienzo de su historia y hasta épocas recientes, la fuerza naval uruguaya casi siempre fue funcional a las necesidades de tanto poderes coloniales que se disputaban los territorios americanos como también parte del puzle defensivo que Estados Unidos armó durante y después de la Segunda Guerra Mundial, donde a los países socios se les asignaban tareas especificas a cambio de la provisión de material.

De esa manera, la Armada Uruguaya recibió una buena cantidad de medios antisubmarinos, tanto en materia de aeronaves como buques, al finalizar el último conflicto bélico de caráscter mundial. Esta doctrina de mantener una Armada con fuerte dedicación a la guerra antisubmarina se continuó en el tiempo hasta finales de la década del '80, cuando la antigüedad del material llevó a un gran recambio de la flota, que incluyó la adquisición de tres fragatas francesas clase Commandant Riviere, cuatro barreminas alemanes clase Kondor II y una gran variedad de buques auxiliares, en su mayoría desde la recientemente reunificada Alemania.

Desde entonces, hace más de 30 años, la Armada comenzó un proceso de declive que la ha llevado a convertirse básicamente en una fuerza naval sin buques. La modesta adquisición de dos fragatas clase Joao Belo desde Portugal, apenas un poco mejores que las Comandant Riviere, diseñadas en los '50 y de las cuales una sola queda operativa, fue el único intento de conservar algún tipo de capacidad operativa.

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